Una copa más

Cuando empezó la temporada el cien por cien de los hinchas de Independiente no imaginaban este final – no descubro nada -. Aquel comienzo con Garnero y los refuerzos que vinieron nos hizo gastar el teclado escribiendo que tal vez nos encontraríamos otra vez con esos equipos que daban lástima, y todos ya veíamos pasar esa rachita de los clásicos con Gallego y la lucha por el torneo hasta el final.

Al partido con Argentinos por la copa no fue nadie. Algunos ni lo vieron. Era de esos repechajes que solamente escribían treinta líneas en el diario y se archivaba en la memoria de aquellos que la tienen perfecta. El resto nos olvidaríamos rápido cuando la ilusión esté terminada.

Pero ese gol de Gracián abrió una puerta para volver al exterior. Ya nos servía. Estábamos conformes. Ese partido internacional con Defensor nos llevaría a salir de país después de muchos años. Nos pusimos contentos.

Y así cada partido ganado del Rojo nos iba diciendo que estábamos cada vez más cerca – pura matemática -, pero siempre tuvimos dudas. No sabíamos hasta donde podía llegar este equipo rojo. Muy pocos se animaban a ilusionarse. Claro, la copa es eliminación directa: perdés y todo lo que hiciste se guarda en un cajón. Nadie se acuerda del segundo, y mucho menos de los que se quedaron en cuartos, semi y demás.

La mística de a poco nos llevó a hacer largas colas en el estadio para obtener una entrada. La ilusión estaba más cerca, más palpable, más real. Y los partidos que logró Independiente de visitante ilusionaron a estos casi cinco millones que somos.

Hasta que así, de la nada, como si fuese una historia de ciencia ficción, nos encontrábamos en una final, después de muchos años. Algunos, los jóvenes, ni nos acordábamos de aquella vez y esta era la oportunidad de nuestras vidas – por lo menos hasta acá.

Ese 0-2 en Brasil nos había matado, nos hizo tener la semana más largas de todas e hizo que la esperanza se nos vaya al suelo. Opuestos ya festejaban y eso te hacía pensar que lo que vos suponías – ese triste final – podía darse. Y la angustia nos ganó a todos.

Ese día de final va a quedar en la mente de todos nosotros. Nuestro cerebro es capaz de almacenar solo una cantidad determinada de información, entonces cuando llegan cosas nuevas algo hay que borrar para que entre. Pero ese día tiene un candado, está anclado en nuestras memorias por el resto de los días que nos toque vivir a todos.

La cancha se sobrevendió en un sesenta por ciento más o menos. Dos personas ocupaban el lugar de una. Pero era una final. Todos querían estar.

Y acá viene la parte difícil de explicar, o por lo menos para los que no llevan este amor adentro. El fútbol da sensaciones raras. El gol de Julián nos devolvió el alma al cuerpo. Tocamos la copa con la punta de nuestros dedos. Sentíamos que se nos daba. Y cuando llegó el gol de Goias, otra vez la cabeza de todos nosotros se fue al fondo del oceáno, te sentís pisoteado, no querés estar ahí. Preguntás por qué lo tuyo no fue la música y no tenés entradas para un recital en lugar de para un partido. Te mata. Una puñalada al corazón.

Después la historia que ya todos sabemos. Los dos goles del Rojo. Yo de los tres grité solo el tercero. Me lo había propuesto. No quería ilusionar a mi corazón cuando no estemos con chances de alzarla. Los 120 minutos más tensos de la vida de muchos.

Cuando terminó el partido la gente ya lloraba. A mí la emoción me superaba, y estaba seguro que iba a terminar igual. Lo feo es no saber por qué, si de felicidad o de tristesa. Pensar que te podés quedar sin nada te mata. Te acordás de todo. Pensar que podés llevarte todo también te mata. La gloria está ahí, tan cerca, pero todavía no podés tocarla.

La cantidad de cosas que se le pasaban a la gente por la cabeza en esos momentos de los penales llenó de emoción el estadio. Te dabas cuenta que las lágrimas desbordaban por los bolsillos de todos. Una película de cosas pasaba a la velocidad de la luz por cada uno de nosotros. La mayoría miraba al cielo, seguramente acordándose de aquel hincha del rojo que ya no está, pero que lo sentís al lado tuyo en la tribuna. También te imaginás la gente que está esperando lo peor. Otros seguramente rogaban por verlo campeón por primera vez en la vida. Los que tenemos menos de 25 queríamos disfrutar de un torneo internacional por primera vez – claro, éramos chicos en el 95. Y pensar que todo esto se puede ir te duplica la emoción.

No se cuanto duraron esos penales. Para todos nosotros fueron eternos. Y otra vez lo mismo: esa pelota en el palo te daba todo, pero todavía no lo tenías. Eso te mata, te come el cerebro. Nunca había visto a la gente así. Rezaban, apretaban manos, otros no miraban.

Cuando la pelota del penal de Tuzzio movió la red todo estalló. No se puede explicar que pasó por la cabeza de cada hincha en ese momento. Pero sí se puede explicar que debe ser una de las cosas más lindas que le puede pasar a una persona. Yo pensaba cuantas veces una persona llora de alegría en la vida. Y estoy seguro que en promedio no superan las diez, como mucho. Y saber que ese fue uno de esos momentos no te da palabras para agradecerle a Independiente.

Como dije por ahí, ese abrazo con mi hermano y mi padrino, acordándome de mi abuelo y toda mi familia roja no se olvida nunca. Y claro, después pensé: como no se nos iba a dar si él estaba ahí, con parte en el césped desde hacía unos días y con parte arriba, haciendo fuerza como muchos hinchas del rojo que ya no están en la tribuna pero que estaban desde allá, en algún lado, viendo el partido.

Querés que tu grito de campeón iguale lo que sentís en ese momento. Pero por más que quieras, no podés. Eso que sentís adentro no se puede expresar, ni con el canto de dale campeón, ni agitando una bandera, ni abrazándote con el de al lado. Lo que si sabés es que no lo vas a olvidar, y que tenés el recuerdo de uno de los momentos más felices de tu vida.

Por eso, si sos del rojo festejá. Olvidate del resto y disfrutá el ser hicha del club más grande de todos lo tiempos.

Una copa más.

Germán Scoglio